El
trabajo de Joan
Cuando
mi automóvil se avería suelo ir al taller de Joan, mecánico de profesión, al
que conozco desde hace muchos años. Cuando le muestro el vehículo y le explico
vagamente lo que me ocurre, jamás –insisto– jamás, Joan se dirige al enorme
panel de la pared en el que tiene gran cantidad de herramientas cuidadosamente
ordenadas para, rápidamente, tomar una de ellas y comenzar a hurgar en el motor
con la intención de repararlo enseguida. No. No actúa de esa manera.
Pacientemente, se dirige a mí y empieza a interrogarme con preguntas como
éstas: «¿desde cuándo has notado que falla el motor?», a la que yo intento
responderle con una fecha. Inmediatamente me dice: «¿has notado si la avería se
produce especialmente por las mañanas, ahora que hace mucho frío?»
Espera
mi respuesta; parece reflexionar sobre ella y rápidamente me solicita: «¿has
notado si el vehículo hace un ruido extraño?» y, si le respondo que sí insiste
preguntando: «¿y ese ruido es un ronroneo persistente o unas explosiones
súbitas?», y yo identifico el carácter del estrépito.
Pero
veo que Joan todavía no actúa, no opera, no pone sus manos sobre el vehículo y,
sin embargo, pertinaz, sigue con su interrogatorio: «¿el ruido procede de la
parte trasera del automóvil?, ¿de la delantera?»; y parece considerar mi
respuesta. Más adelante, y sin hacer ademán alguno por intervenir, me sugiere:
«entra en el auto, levanta el capó, intenta ponerlo en marcha cuando yo te
avise», y, mientras lo intento, veo que ahora mete su cabeza entre los
elementos del motor y, sin sacarla de allí, sigue preguntando: «¿has notado si
en estos últimos días perdía agua el radiador?» y, casi sin darme tiempo a
responder, comenta: «mira, aquí parece que hay unas gotas de aceite y un cable
algo suelto...».
Nuestro
profesional de la mecánica sigue aún algún tiempo más sin actuar, sin apretar
un tornillo, sin manejar una herramienta, sólo mira el motor desde diferentes
ángulos, parece ajustar con la mano algunas piezas, apretándolas, hasta que, al
cabo de un rato, ahora sí, –con gesto ufano–, levantando el cuerpo que tenía
volcado sobre el motor, se dirige hacia el panel de herramientas de la pared
comentando: «creo que es un problema del delco». Y entonces sí, por fin, toma
una de aquellas herramientas, no una cualquiera sino una muy concreta, de
formas peculiares, manipula con ella durante unos segundos el motor y, tras la
breve maniobra manifiesta: «¡ya está!, ¿ves?, ¡todo arreglado!; me debes 90
euros».
Por
fin actuó. Fue una intervención breve, precisa, eficaz y también muy rentable
para él, aunque el buen trabajo de Joan bien merece ese pago. Consumió poco
tiempo al hacerla, no hubo errores: fue la intervención de un profesional, de
una persona que estudió mecánica durante años, que sigue participando en
actividades de capacitación, que lee revistas profesionales, que lleva ya
muchos años en la profesión, que actualiza y renueva sus herramientas de
trabajo; de una persona que, en definitiva, fundamentó su acción en una
exhaustiva diagnosis.
MORALEJA FINAL: Fer un bon diagnòstic
inicial ens fa ser més eficaços I precisos en la nostre actuació posterior I així
evitat males actuacions.

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